sábado, 5 de mayo de 2007

Capítulo 2. Ella debe morir

-¿Quién muere antes, el huevo o la gallina?
-Esa no, una más fácil, por favor.
-No, no. Intentad respoder a esa.
-De huevos y gallinas os podía estar hablando hasta que al 'chucho' este le de por repostar.
De esta forma, Poeta Castrado interrumpía el profundo diálogo que mantenían en la tercera fila de asientos los Dos Hombres Más Impacientes del Mundo. Sus cabelleras, compuestas por unos 30 pelos, tímidamente asomaban por ese respaldo de plástico naranja al que quise encontrarle cierto parecido con unos ocupados en una aventura anterior.
-Huevos y gallinas decía, aquel día en el que el azar me dispuso el salir a la caza de cluecas, cuales prisioneras de guerra tuve que capturar, enjuiciar y asesinar. En períodos bélicos vale todo, por lo que el juicio no fue justo. Se trataba de encerrarlas a todas en un saco. No cabían más de 10 en cada uno, por lo que me bastaba con una sola unidad de estas improvisadas cárceles de esparto para depositarlas a todas tras su captura. Su 'libertad' en periodos de paz no iba más allá de un pequeño campo de concentración en el que habitaban con otras especies apresadas entre cuatro verjas sin electrificar y abiertas en su zona superior, por lo que la huida se presumía poco factible..
Una muerte no puede llevarse a cabo sin un verdugo apto para ello. Esta vez tampoco lo había, aunque muerte igualmente. El saco cerrado no bastó para exterminar a estos animales de pluma marrón. Por asfixia tan sólo cayeron tres o cuatro. A las restantes, más le hubiera valido el contener las respiración y caer en un suicidio no patentado, el de taparse la nariz y ahogarse.
Una a una fueron abandonando la prisión de esparto. Las difuntas, ya gozaban de la libertad que tan sólo la muerte sabe conceder, el resto vivirían su peor pesadilla. Les aguardaba una carrito de mano, mal llamado 'zorrilla', que iba a servir de improvisada horca. Unos cordones harían el resto.
De dos en dos fueron pasando por este averno de hierro y plástico hasta que el sol se apagara ante sus propios ojos de gallina. Mala muerte cuando no se sabe morir, cuando no se quiere morir o cuando desconoces qué van a hacer contigo para arrebatarte la vida.
El sol más asfixiante no llegó a tiempo de acabar con estos extraños seres, promiscuos y de una edad avanzada, provistos para terminar en el fondo de un caldo 'antiresaca'. Allí estaban, doblando su cuello a merced de sus verdugos. Éstos, no satisfechos con la matanza, sintieron la obligación de desnudarlas y despedazar los frágiles cuerpos entre muslos y pechugas.
Había llegado la hora de usar el cuchillo, de sentir el olor a sangre oxidada y de acabar con este ruin, aunque necesario espectáculo.
Turno para la primera de ellas. Sobre la mesa, su frágil composición y sencillo organismo hacía surgir desde su interior un incesante cacareo que se aceleraba con los golpes recibidos sobre el paredón de madera ensangrentado.
No fue la muerte imaginada. Más cuando un tercer o cuarto verdugo desaprobó el lecho de muerte, las formas y las herramientas, mandando los cadáveres hasta el fondo del cubo de la basura. No eran válidas ni como caldo.
De esta forma, acababa una experiencia de la que me queda el intenso olor de las algarrobas extasiando unos momentos donde la misión consistía en sobrevivir ante el débil; en recuperar el honor perdido en una cacería injusta, en una guerra perdida.
Los acompañantes de las filas contiguas a Poeta Castrado retrocedieron por momentos en su incredulidad. Fascinados por la historia, coincidieron en levantar la mirada y contemplar al unísono el leve movimiento del pino ambientador instalado en el lado anterior y posterior de este autobús de sensaciones. De fondo, rodaba la cara b de uno de los peores lp's de 'ToyDolls', quizá, el peor tema de todos los tiempos. Probablemente lo sería, pero alguien quiso recuperarlo para tan cruenta historia jamás contada.


Capítulo 1. El comienzo

"Roll up, roll up for the magical mystery tour, step right this way". De esta forma tan ingrata comenzarían los Beatles su viaje por lo desconocido. Un viaje lleno de luces sin destino, personajes que parecen salidos de otro tiempo y un viejo autobús que sin duda no iba a llegar muy lejos. Desde lo más hondo que pueda ser de hondo un mal día, comienza este recorrido sin fecha de caducidad.
Sus ocupantes no atienden a nombres, no tienen raza ni rostro, aunque sí una vida propia que ellos mismos han creado con una única meta: ser una superestrella. Lo dicen esos que sin comprar billete lo tienen en su bolsillo; esos que uno a uno suben a un autobús pilotado por un chófer con gorra y cara de perro, un Bob Tail sucio y de grandes bigotes que saluda a los pasajeros con un 'Hola que tal'. Cuando el reloj marca la hora en punto de partir, los más rezagados siguen llegando hasta sus casas, aún queda tiempo, espera la eternidad.
'¡Adelante, hay sitio al fondo!', grita el esmerado 'can' que orgulloso expone en el parabrisas una fotocopia muy desgastada de su permiso de conducción. 'Suba usted con cuidado', apuntaba atento a la Mujer Portuguesa que ticket en mano intentaba acceder con algunas maletas vacías colmadas de sueños infinitos.
Lejos de lo que pudiera ocurrir en cualquier parte del mundo, rodeado de flashes de vanidad llegaba hasta la estación el Mono Falsificador, el Poeta Castrado y un loco soñador que no quiso desvelar su nombre, la única seña, decía, la encontraríamos en una canción de 'los fabulosos Beatles'; otra vez esos cuatro melenudos inmiscuidos en un viaje que no les pertenece.
Las cincuenta plazas están cubiertas, suena por los altavoces una extraña versión del 'Love will tears us aparts', de Joy Division. No sé quien ha elegido la música. Tal vez el chofer con cara de perro, quizá el casette pertenecia a esa vieja compañía de autobuses que hoy realizaba su último viaje, lo desconozco.
Cae la noche y el bus parte siguiendo el camino de baldosas amarillas. Desconfíen, esta historia nada tiene que ver con la ocurrida hace años en el país de Oz. Tampoco con ninguna caza de brujas. En el paisaje, solo el atisbo del panel referente a 'vehículo longo' hace vislumbrar movimiento en un horizonte que parece pintado por una inocente mano infantil, tal como la que más de uno mal controlaba en su tierna infancia.
Ahí va, sin saber porqué, todos acudieron a la llamada. Como la muerte de una estrella, un resplandor se pierde en el horizonte y emprende un viaje sin ticket de vuelta.